MISTERIO REVELADO: acto segundo
El señor Lafayette amonestó a Camilo: -Adelante joven, contálo todo.
Pero el pibe no lograba soltar ni media palabra.
-Che, ¿el gato te comió la lengua?
El señor Lafayette no se andaba con rodeos.
-Es que, es que...-balbuceó Camilo, sin lograr soltar algo más.
-Está bien, está bien, se lo voy a contar yo- dijo el señor Lafayette, medio cínico, medio serio. -Encontré a este joven por delación del dueño de un casino clandestino, que en este momento está entre rejas. El collar de la señora de Altomonte se lo había dado este muchacho a ese delincuente para pagar una deuda de juego de valor descomunal.
Luego el bibliotecario agarró una cajita que estaba en una mochila de tela de jeans que llevaba y se la dio a doña Pilar.
-¿Es este su collar, señora?
Doña Pilar se quedó pasmada.
-Si, ¡mi querida joya! Pero, Camilo cariño, ¿en qué lío te pusiste?
Doña Pilar hizo una mueca de aflicción. Se sintió algo decepcionada, pero, por cierto, lista para perdonar la travesura al querido amigo de su hijo, en cuanto a mí solo me echaba una y otra mala mirada de vez en cuando, igual que si estuviera apestando. Como que no hizo otra cosa conmigo y con mi padre, desde que nos encontramos en la delegación. No nos dirigió ni media palabra, ni nos dio las buenas tardes, a pesar de que ya había estado debidamente informada que no soy ninguna chorra, antes de que viniera. Claramente, esa mujer sentía nada más asco por cualquiera que no fuese gente de alcurnia.