EL COLLAR DE LA DISCORDIA: acto tercero
Ya no iba al colegio y me la pasaba el tiempo todo con mi hermanito y mi prima. El señor Lafayette había aconsejado a mi familia que ir al cole a esa altura sería algo muy inoportuno y él tenía toda la razón. En ese momento, no cabe duda, para mis compañeros solo representaba una vulgar chorra (menos para mi amiga Elisa, que sabía que yo nunca puse un pie en el cuarto de doña Pilar de Altomonte, como que estuvo todo el tiempo conmigo). Y algunos de aquellos que solían burlarse de mí, por cierto me hubieran proporcionado una paliza. El señor Lafayette se lo imaginaba todo. Mejor para mí aprovechar más tarde las recuperaciones durante las vacaciones, para no suspender en el cole.
Mi padre y mi abuela estaban de acuerdo con el bibliotecario francés, con que yo no fuese a la escuela en aquel momento, pero a mi madre, que únicamente sentía antipatía por los modales de ese señor, le había costado un gran esfuerzo entenderlo. Según ella, yo tenía que cargar con todas las consecuencias de mi travesura, pero al final no le había quedado otro remedio a no ser escuchar los consejos del señor bibliotecario, aunque de mala gana. Ese hombre, a pesar de ser poco fácil de llevar, parecía tener una gran sabiduría y gran conocimiento de mundo y de conducta humana. Al cabo de algunas semanas sus investigaciones estaban terminadas y luego nos encontramos todos en la delegación de la policía civil: yo, mi padre (mi abuela se había quedado otra vez en casa para cuidar a Dieguito y tranquilizar a mi vieja), doña Pilar de Altomonte y, por supuesto, el señor Augustos Lafayette. Él estaba de pie, al lado del delegado y de otro policía que llevaba consigo a un pibe esposado que casi no reconocí.