Y así, los condenados fueron puestos sobre la suave hierba,
sus cabezas descubiertas ante el público mirón,
sus mentes con sus familias, o lo que de ellas quedó.
Sólo el pequeño Luis, que entre los curiosos se acercó aquel día a la plaza,
detallaría la sonrisa procaz de Luisa, la única condenada,
sobre quien había caído la pena más considerada:
ser fusilada en primer lugar.
Cuentos de la Provincia olvidada.
