El diario de Fermina: cap. XXX
MISTERIO REVELADO: acto sexto
Después de tamaña revelación, lo único que recuerdo es que desperté en una cama del cuarto de la enfermería de la delegación. Según lo que mi padre me contó después, había tenido una crisis de sollozos tan grave al punto de necesitar el suministro de calmantes. Al abrir los ojos, solo vi al bibliotecario de La Floresta a mi lado. Le había pedido a mi padre que lo dejara hablar conmigo a solas. La expresión del rostro del señor Lafayette ya no era la de siempre, estoica y fría. Había cambiado, podía percibirlo aun ante sus sempiternas gafas. Ya no parecía más el anciano cínico y malhumorado de siempre. Estaba mirándome, como podría decir, casi con cariño, casi como lo haría un abuelo.
-Señorita, anímese. William Esquivel no se merece toda esa consideración.
¿Cómo lo sabía? ¿Quién se le había contado de mi interés por William? Ni mi padre, ni mi abuela hubieran sido capaces de tamaña indiscreción, por mucha confianza que le tuvieran al señor Lafayette. Claro, debía de haberlo adivinado gracias al numerito que acababa de montar. Mi abuela tiene razón: es un hombre muy inteligente y sabio, fuera del común.
-Concéntrese en sus estudios, en su familia, y sobre todo en su fe. Sé que la tiene. Y también tiene a un hermanito pequeño que llena toda su casa de alegría, una abuela generosa que se desvive por ustedes, un padre comprensivo y comprometido con su trabajo y su familia y una madre que, a pesar de ser un poco suya, estoy cierto de que la quiere. Tiene un futuro por delante y su futuro es mucho más importante que un joven sinvergüenza. Escuche los consejos de este viejo zorro, ¿me lo promete?
Aunque sabía que me costara esfuerzos, lo hice.
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