Estaba pensando que a este niño podríamos venderlo por unos cuantos pesos, ahora que es tan chico y no nos va a doler. Después crece y es como con los animales, uno se encariña. Acá, tan lejos de todo y tan solos como estamos, uno le va tomando cariño hasta a las piedras. Uno habla con los árboles para no ir hablando solo, les agradece la sombra en el verano y el reparo del frío cuando cae la nieve.
Y este niñito así como está, que apenas si tiene dos lunas, nos va a venir bien si conseguimos venderlo, para comprar el potrillo, así vamos a poder irnos al pueblo no tan de tanto en tanto y enterarnos de cómo andan las cosas por allá tan lejos. Es que yendo a pie a uno se le van las fuerzas de volver y es muy triste regresar cansado a ver todo esto tan vacío, apenas con arbustos que ni siquiera sirven para alimentar a las cabras. Por eso el otro día cuando vino don Benito y me dijo eso de que con tanto niño habría que vender alguno, yo lo estuve pensando serio y me parece lo mejor.
Ni siquiera está anotado el pobrecito. La creciente se ha llevado hasta los viejos caminos y sólo queda una huella difícil de encontrar. El año pasado anotamos el que tuvo la Euladia, mi mujer, pero éste, en cambio, es de mi hija, la mayor, que ya se ha puesto a tener hijos ahora que ando en asuntos también con ella.
Por eso quisiera acordarme ahora del nombre de ese don que vino el año pasado y nos preguntó si no queríamos vender un crío. La Euladia y yo nos habíamos quedado mirando sin responder, hasta que ese hombre se fue por el mismo lugar de donde vino. Me arrepiento de no haberle preguntado las señas, porque no sé dónde encontrarlo. Y ahora nos viene mejor el potrillo que este niñito que llora y llora; al menos con el caballo me podría dar una llegadita al pueblo a comprar comida y de paso a mandarme uno de esos buenos tragos que sabe dar don Pascual, que son lo mejor que hay para el olvido.
--
Publicado en Dormir juntos una noche (Buenos Aires: Ciudad de lectores, 2002).