Llevo cuarenta y seis años habitando la orilla de una guerra que nunca declaré. No hablo desde el consumo, sino desde el eco: ese ruido sordo y constante que deja la autodestrucción ajena cuando vive bajo el mismo techo o en la misma calle. Estoy extenuado, no solo por el cansancio de los años, sino por la realidad de quien ha debido observar, sin participar, cómo el caos de otros se impone como la norma.
Existe una mentira que se ha arraigado con fuerza en nuestra sociedad: la idea de que la responsabilidad por el consumo es exclusivamente individual. Es una falacia conveniente, una narrativa diseñada para proteger a quienes, desde las sombras del mercado, se lucran con la vulnerabilidad humana. Mientras el discurso público se entretiene señalando al adicto, la maquinaria real —esa mano invisible que orquesta la distribución— sigue operando con una eficacia quirúrgica.
Lo más inquietante no es solo el producto, sino la arquitectura que lo sostiene. Observo con sospecha cómo industrias enteras, bajo la máscara del entretenimiento y las nuevas expresiones culturales, normalizan lo que debería ser una alarma. No condeno el arte, pero sí cuestiono esa "mano invisible" que, al mutar en canciones o modas, parece estar diseñando una trayectoria para los más vulnerables, nuestros jóvenes, disfrazando el abismo como un terreno de juego aspiracional.
Sin embargo, lo que más pesa en esta periferia no es el negocio, sino la "calidez cómplice" del espectador. Esa apatía de la familia, de la autoridad y del ciudadano común que ha decidido que mirar hacia otro lado es una forma de paz.
Escribir esto es mi acto de resistencia. Entiendo ahora que mi vida ha sido una cárcel de barrotes invisibles, construidos con el silencio y la inercia de los demás. Al darle nombre a esta jaula, al documentar esta crónica desde la periferia, dejo de ser un testigo extenuado para convertirme en alguien que, finalmente, comienza a salir.