Corrían los años treinta, la gran depresión había invadió Europa y se había iniciado la cacería de judíos en Alemania, cuando aquella sombra llego al pueblo, muchos decían que era un hombre, otros lo llamaban satán, pero la única verdad era que desataría un verdadero infierno en aquel tranquilo pueblo al que pocas veces llegaba la luz
El día en el que lo habían visto llegar, había sido el día perfecto, aquel día en el que el sol no había decidido salir porque era demasiado triste, las nubes cubrían el firmamento evitando que cualquier rayo de luz llegara a la tierra y de tanto en tanto una ligera lluvia nos hacia compañía, cayendo del cielo a la ingrata tierra infértil
El pueblo en el que mi madre me dio a luz y había crecido durante los primeros años de mi vida, era un lugar pequeño, en el que no se perdía ni siquiera una aguja. El día en el que aquella sombra arribo al lugar todos quienes habitaban el pueblo se encontraban tan ocupados con sus ajetreadas vidas que era imposible perderse de tal insólito acontecimiento, por ello no era de extrañar que la noticia del forastero llegara a cada rincón del pueblo más rápido que el agua de la cascada al suelo. El pueblo en que crecí era un pueblo pequeño, casi un pueblo fantasma, pues no era peculiar que el sol decidiera esconderse y dejar que la abrasadora lluvia caer obligando a todos a permanecer a dentro, aunque no aquel hombre, que merodeaba por el pueblo mientras el agua cubría su enorme gabán negro, aquel hombre que caminaba junto a las almas en un día como cualquier otro a mediados de agosto mientras el agua caía sobre su sombrero
Su rostro era sombrío, en su mirada se veía la maldad de su alma, o eso decían los vecinos, pues jamás se me dio la oportunidad de ver su rostro de hecho no lo conocí en realidad, para mi no era más que una sombra que paseaba por el pueblo, un secreto a voces, aquel forastero que trajo desgracia sobre un pequeño pueblo, una historia más
El día en el que piso por primera vez el pueblo aquel hombre alto, con sombrero de señor y caballo de herrero, jamás podre borrarlo de mi memoria, pues fue el día en el que aquel pueblo tranquilo a la orilla del rio se convirtió en un verdadero pueblo fantasma
Después de la llegada de aquel hombre, durante lo que quedaba del día no se oía nada más en el pueblo que los murmullos sobre aquel señor alto y fornido, que caminaba con la mirada clavada en el suelo para que nadie notara que traía al infierno mismo en ella, mientras arrastraba al caballo que lo había traído hasta aquí desde muy lejos durante la fría noche, salvajemente como si él fuera la bestia
Aquel día el forastero no busco posada, en cambio tomo a su caballo y lo arrastro hasta que llego a una taberna, y allí permaneció. ¿Cuál será su pesar?, había oído decir entre dientes a mi madre
Nunca sabre como se escuchaba la voz de aquel hombre, solo murmullos, los murmullos del pueblo que hablaban sobre el que no tenia voz y solo penas. Murmullos de personas que afirmaban si pensar que quien había llegado al pueblo no era un hombre que amaba y sufría, sino quien amo y sufrió, incautos que sin dudarlo afirmaban que en realidad al pueblo acababa de llegar un alma en pena, un alma que lo único que quería era descanso. Pero sobre todo se escuchaban las voces de aquellos que se alegraban pues había llegado al pueblo un alma arrastrando un tesoro listo para ser tomado por un vivo con suerte, pobres almas en desgracia que perseguían incluso un conejo cojo, ciegos en busca de al menos una moneda bañada en oro para poder morir
Esa noche en el pueblo llovió como solo lo hacia aquella noche de diciembre en la que dábamos fin a un año más, afuera se habían acabado los murmullos pues todos habían huido al sentir las primeras gotas caer del cielo. Yo observaba atenta por la única ventana que tenia la casa a la espera de ver a aquel hombre pasar de nuevo vagando por el pueblo, pero no había tenido suerte, pues esa noche el hombre permaneció en la taberna tomando hasta olvidar cual caballo le pertenecía. La lluvia caía sin discriminar como si quisiera limpiar al mundo, afuera solo se escuchaban las gotas de agua rebotando contra el suelo junto con los rayos que a la distancia iluminaban el cielo al menos durante unos segundos. A pesar de que había perdido la fe de lograr ver el rostro del forastero del que todos hablaban, había permanecido junto a la ventana, pues me gustaba oír a la distancia el ruido de los grillos y el ulular de los búhos, tal vez hablaban sobre aquel hombre del que todos habíamos oído, o quizás fuese un presagio , lo cierto es que nunca imagine que esa seria la ultima vez que se escucharían, ahora ni siquiera las cigarras se acercan al pueblo, incluso el agua ha dejado de caer
Lo que vino después no podre olvidarlo jamás, la mañana siguiente llego como cualquier otra, los rumores sobre el forastero habían cesado o eso nos hacían creer y todos estaban dispuestos a retomar sus vidas como si nada hubiera ocurrido. Esa mañana había comenzado mucho antes de lo habitual, el sol había salido horas antes de las cinco de la mañana como si intentara reponer las horas que no había trabajado la tarde anterior. Por primera vez desde hacia varias semanas la luz llegaba a cada rincón del pueblo, aun así, era un día lúgubre
En la iglesia sonaban campanas, pero no se trataba de un evento feliz, pues nadie se casaba ese día. Doce campanazos toco el monaguillo pues la muerte había decidido visitar al pueblo aquella noche. Ese día el hombre que se encontraba en boca de todos no era el forastero que había llegado el día anterior arrastrando su caballo, sino aquel hombre que habían encontrado en cuanto había salido el sol, casi a la orilla del rio con una enorme cortada que recorría su cuello
De nuevo un rumor recorría el pueblo tan rápido como se movían las lenguas, pero esta vez estaba acompañado por algo más, esta vez junto a los murmullos de todos quienes habían visto el cuerpo o de aquellos que afirmaban haberlo visto se transmitía un terror que se contagiaba, pues aquel tranquilo pueblo en el que había crecido había sido manchado con sangre. No tardo mucho para que un tercer rumor corriera como el rio, pues aquel hombre con cinturón de curo y barba larga había desaparecido. No paso mucho tiempo, ni siquiera llevo mucho esfuerzo para que aquellos incompetentes policías de aquel pequeño pueblo decidieran culpar de lo ocurrido a aquel hombre sin nombre ni pasado, nadie lo dudo y pronto aquel hombre del caballo con herraduras brillante era el asesino del bufón del pueblo. Nunca podré entender la razón por la que todos adoptaron aquella versión como la única verdad con tanta rapidez, tal vez era lo que querían, no les importaba la verdad solo deseaban una respuesta, aunque viniera de aquellas personas que eran incapaces de encontrar su propia nariz
Nadie volvió a ver ni siquiera la sombra de aquel hombre con zapatos de caballero, muchos murmuraban sobre el como un alma, una sombra, para mi jamás llegaría a ser más que un recuerdo vago, una historia que nadie vivió, pero todos contaron. No paso mucho y aquel hombre se había convertido en el fantasma del cuento que ellos mismos se habían contado tantas veces que ya comenzaban a creer que era la única verdad. Muchos afirmaban verlo moverse por la ciudad, de un extremo al otro entre las sombras, nadie se llegó a plantear jamás que hombre solo estuvo de paso una noche en el pueblo
Las horas siguieron su curso sin detenerse a pesar de aquel suceso que había sacudido al pueblo, todos mirábamos fijamente el reloj esperando que algo ocurriera, como solíamos hacer en aquel aburrido pueblo. Yo había pasado la mayor parte del día sentada sobre el suelo esperando a que mi padre volviera a casa con alguna noticia aunque fuese irrelevante como lo hacia todos los días, a la distancia aún se podían escuchar algunas personas murmurar sobre la pobre alma a la que le habían arrancado la vida en medio de la noche, pero para la mayoría ya era cosa del pasado, muchos habían olvidado cual era su nombre, como si nunca hubiese existido y habían continuado sus vidas, mi madre era una de esas personas “así es la vida”, me había dicho momentos antes de entrar en la cocina, yo negué con la cabeza, solo era una niña pero hasta yo sabia que la vida no podía ser así de cruel y sin sentido, me había equivocado
El pueblo en el que nací era un lugar demasiado pequeño como para estar en un mapa, en el que podía morir un hombre y desaparecer otro el mismo día, pero no importaría pues las personas estarían más ocupadas pensando cuando seria prudente ir a recoger el agua que caía de la cascada junto al pueblo
Mi madre jamás quiso decirme cual era el verdadero nombre del pueblo en el que había crecido, lo único que sabia era que se trataba de un lugar demasiado pequeño como para estar en un mapa en el que la gente murmuraba y moría
No pasaron más que solo cuatro horas desde que habían descubierto a aquel hombre tirado a la orilla del rio que pasaba cerca del pueblo, hasta que el verdadero pánico recorrió las calles, pues solo hacían falta dos cadáveres para que todos olvidaran sus vidas y dejaran que el terror invadiera la razón
Aquel era un pueblo pequeño, en el que las personas no pensaban porque no hacia falta, las incompetentes autoridades se habían encargado de que eso fuese lo único que pensaran las personas. No hizo falta mucho más a dos personas desaparecidas y posteriormente muertas para que las personas que vivían en aquel lugar en medio de la nada hicieran algo sin que nadie más les dijera, aunque se tratara de algo cobarde como huir, no era un hecho extraordinario que nadie se atreviera a permanecer en aquel pueblo manchado de sangre, nadie exceptuándonos a mi madre y a mí. Yo pasaba las horas sentada sobre el suelo jugando con el aire, al igual que lo hacia todos los días, mientras escuchaba a mis padres discutir sobre lo que debía hacer la familia, mi padre siempre sensato, empacaba nuestro equipaje listo para salir del pueblo como alma que lleva el diablo, mientras mi madre, muy valiente se negaba a poner un pie lejos del lugar en el que había nacido, crecido y formado una familia, pues estaba segura de que si en un lugar debía perecer, este sería dicho lugar
Con forme el reloj seguía moviéndose, minuto tras otro, aparecían cada vez más persona que habían desaparecido y que ahora se encontraban en otro lugar. A pesar de que las personas que seguían habitando el pueblo eran pocas, los rumores no habían parado, aún vivían en aquel lugar quienes afirmaban que habían visto vagar la sombra de aquel hombre del abrigo negro que intentaba huir en su enorme caballo, también quedaban quienes afirmaban verlo vagar por el pueblo sin rumbo en busca de quien seria el siguiente en desaparecer, como alma en pena en busca de venganza, aunque conforme el reloj seguía avanzando marcando minutos, horas aquellos murmullos se fueron apagando
En casa de mis padres los gritos habían cesado ya, mi madre había vuelto a la cocina en la que se encontraba la mayor parte del tiempo feliz por haber ganado aquella discusión que a su parecer jamás debió de haber existido, mientras mi padre leía el periódico que traía el cartero cada domingo desde la ciudad más cercana, en busca de una noticia mucho peor a lo ocurrido en el pueblo, mientras fumaba su pipa sentado en la enorme silla en medio de la casa, aún puedo escucharlo murmurar “como pueden vivir esas personas en una ciudad en donde ocurren cosas tan malas”, mientras leía sus viejos periódicos. Yo siempre estaba mirando a mi padre, intentando descifrarlo, de repente un gran grito rompió el silencio, era un gran grito proveniente de la cocina, reconocí de inmediato la voz de mi madre quien gritaba “¡PADRE!”. De inmediato mi padre se levanto de la silla dando un pequeño salto y se dirigió hacia la cocina en busca de mi madre, yo me quede sentada en el suelo sin hacer nada, ni siquiera dar la vuelta para volver mi mirada hacia la entrada de la cocina, pues sentía más miedo de mi padre que del asesino que vagaba por las calles. Pocos minutos después mi padre volvió a la sala con mi madre entre sus brazos, sin esperar a que me dijera nada yo me levanté y me fui corriendo hacia la otra habitación
Jamás imaginaria que el siguiente seria mi padre, ni siquiera espero a que el sol volviera a salir
Al día siguiente salimos de aquel pueblo manchado con sangre, con el corazón lleno de penas y perdidas, yo sobre un caballo con herraduras nuevas y mi madre con un sombrero en su cabeza, un sombrero de señor