Octubre enciende la hoguera, el fuego se apodera de gran parte de nuestra vida y acentúa el contraste de la naturaleza al dejar el frío plantado en la puerta.
El sol baja, la lluvia llega, la lumbre enciende, la leña prende los fogones de invierno y es entonces, cuando la cocina se alarga.
Cocinar con leña es toda una vivencia; al calor del fuego, despacio, vigilando la llama y oliendo los matices de los sabores que se preparan. Siempre que la estufa esté limpia y la madera partida y seca, la lumbre relaja nuestros nervios como a gatos calentándose sobre el asfalto.
Hasta que el hambre acecha cuando nos damos cuenta de lo que tarda la comida al ser cocinada con leña. Pero todo esfuerzo tiene recompensa porque esta cocina cambia el sabor de la vida.
Las llamas ascienden en los cielos para fijarse en las copas de los árboles. La naturaleza prepara su muerte en un espectáculo de colores vencidos y así nos recuerda que hemos vivido un año más de nuestras vidas.
Como cada año, hemos caído otro poquito, descendiendo suavemente como las hojas desprendidas por el viento. Y las cabras corren a comer todo ese manjar que por fin está en el suelo.
Nace la naturaleza muerta que revive en ciclos atemporales.
La huerta, acompañando a sus congéneres los árboles, también se desnuda, poco a poco aunque con algo de prisa, ahora que ya ha dado todo lo que le pertenecía.
Las judías, los calabacines, los girasoles... todos se marchitan, los últimos pimientos se hielan y los tomates ya no se sonrojan.
Mientras, las coles alcanzan un porte esplendoroso, cómodas y abiertas al frío que está por llegar. Siempre intentando escapar de las incansables orugas Pieris brassicae.
Y con la lluvia asoman las setas que abarrotan en monte cuando el mundo empieza a retirarse, acompañando a las castañas, las calabazas y las bayas. Mientras las busques, las semillas se adherirán a tu ropa con la misma fuerza a la que se aferran a la vida, preparadas para salvar al mundo cada año.
Algunos días el otoño asoma, con él el humo asciende y el mundo frena, es el preludio de la hivernada que nos prepara para iniciarnos en el recogimiento.
Se aproxima el tiempo de rellenar huecos en nuestro desconocimiento, para afrontar cada vez mejor la próxima caída.