UN DÍA MUY SOMBRÍO: acto tercero
Fue un día muy sombrío. De veras, sí, lo fue. Si una mujer como doña Pilar me acusaba del hurto de su collar billonario y sin la confesión del verdadero ladrón (algo que raramente solía acontecer), solo podían esperarme años en un correccional. Encerrada hasta la mayor edad, que en la Argentina sigue siendo a los veintiún años igual que siglos atrás. No quería ni pensar que tendría que pasar años sin ver a mi hermanito bebé, cuya presencia siempre me llena el corazón de alegría. Y quería olvidar por completo las palabras de burla de William, al que seguía amando a pesar de su desprecio y a pesar del odio que su madre, por cierto, sentía hacia mí. Pero, si se hubiera descubierto que yo no le robé, que no soy ninguna chorra, ¿quién sabe? Mi abuela dijo que tenía la solución. Almorcé en su pieza. No quería perder de vista ni por un segundo a mi hermanito. Quería disfrutar de su presencia lo más posible.
En cuanto pudo dejar a mi mamá más tranquila en su cuarto, después de haberla convencido de que almorzara algo y hacer con que se durmiera, abuela Renata vino a regañarme por mi conducta traviesa. En ese momento yo estaba fregando platos en la cocina. Me amonestó entre cuchicheos, claro, para no despertar a mi mamá. De lo contrario, se hubiera armado otro alboroto, sin duda. Sin embargo, abuela Renata es diferente de mi mamá: incluso entre regaños, estaba dispuesta a escucharme y en cuanto paseaba a mi hermanito para que descansara en su siesta de la tarde, le conté todo sobre mi amor por William. Fue un alivio desahogarme con mi abuela. Ella me entendió. Después de una rápida ducha, me llevó otra vez a su cuarto y me hizo acostar en su cama. Mi abuela se la pasó consolándome, mientras que mi hermanito dormía plácidamente en su cuna.
Ps.: por las leyes, la mayor edad en la Argentina es de veras a los 21 años