UN MAL DESPERTAR
No pueden imaginarse lo fatal que estuvo. Tampoco pueden imaginarse lo que más tarde, una vez en casa, me costó el sentarme a cenar con mi familia como si no pasara naranja. Tuve que esforzarme mucho por comer y así no despertar sospechas en mis padres y mi abuela. Pero, siempre que me bajoneo, las sonrisas y los gorjeos de mi hermanito bebé consiguen que se me levante el ánimo. Gracias a Dieguito me puse mejor, aunque una vez en mi cama me volví a sentir tan desalentada como si el mundo se me hubiera caído encima. Como estaba tan fusilada que mal conseguía mantenerme en pie, había pedido permiso para ir a acostarme más temprano de lo que solía. Ahora bien, pese al haber terminado hecha bolsa, no me resultó nada fácil dormir, al contrario de lo que había pensado. Me quedé dormida solo cuando ya no tenía más lágrimas por derramar. Sin embargo, aquella nochecita no fue lo peor que me pasó. Aún no. Lo peor no había llegado todavía.
A las ocho de la mañana del día siguiente, un sábado, hubo alguien tocando el timbre de la puerta. Qué raro: nadie nunca viene tan temprano, sobre todo los sábados y los domingos. Pero esta vez había alguien a pesar del día y la hora, pues era la policía civil y venía para mí. Por lo visto, estaban acusándome del hurto de un collar de oro y diamantes, una joya del valor de billones de pesos. Una joya que ni siquiera había visto desde lejos en toda mi vida. Había sido la señora Pilar de Altomonte, la madre de William, a ponerme esa queja junto a la delegación.
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