Tantas odas, canciones y poesías son dedicadas a la belleza que sería imposible enumerarlas. Se la alaba y ensalza como si fuera una virtud o un mérito poseerla.
Lo cierto es que el aspecto exterior no es una virtud, pero cuando no se posee cierto nivel de belleza, se considera casi un defecto a la Fealdad.
Queramos o no, no somos inmunes a lo bonito, armonioso, a lo bello. Sentimos simpatía, amor, deseo por las cosas bellas, y evitamos o rehuimos lo feo, lo grotesco, sin importar otros aspectos.
Muchos de nosotros nos jactamos de no guiarnos por las apariencias, pero cuando vemos una oruga, sentimos asco, repulsión o indiferencia, más cuando se vuelve mariposa, encanta nuestros sentidos, y podríamos admirarla todo el día.
Hace unos años atrás, camino al trabajo me topé con un gorrión que cayó del nido. Sin pensarlo lo adopté y crié con mimo, era tan pequeño, tan indefenso, tan tierno, que no dudé un segundo en ayudarlo.

Tiempo después, una noche que paseaba por el barrio, me encontré con un pequeño murciélago bebé caído en el suelo, sin poder volar. Hasta hoy día me avergüenza el haber pasado de largo, sin prestarle ayuda, después de todo, también era una criatura de Dios.

Trato de justificar mi actuar, pensando en que probablemente no hubiera podido salvar al murciélago, pero lo cierto es que ni lo intenté...todo a causa de su Fealdad.

Intento creer que las demás personas serán mejores que yo, y no se guiarán por las apariencias, y que si estuvieran en mi lugar, también ayudarían al murciélago y no sólo al gorrión.
