Hace pocos días, las calles de Venezuela fueron escenario de nuevas movilizaciones. Trabajadores y gremios se volcaron a protestar exigiendo mejoras salariales urgentes, un clamor que resuena con la desesperación de quien vive una crisis prolongada. Sin embargo, al observar estas jornadas, la economía —al igual que la vida misma— nos recuerda que no obedece a deseos ni a decretos, sino a leyes naturales de causa y efecto. En este contexto, hemos olvidado una verdad fundamental: la "Ciencia de Pedir".

Hoy, el descontento social nos lleva a exigir resultados —como sueldos dignos y bienestar— ignorando que estos no son eventos mágicos, sino frutos de un proceso biológico.

La Analogía: El error de la paternidad irresponsable
Propongo una metáfora para entender nuestra crisis: la sociedad es el hombre, la economía es la mujer, y el bienestar es el hijo.
Actualmente, gran parte de la sociedad exige "el hijo" (el sueldo) sin haber iniciado "la relación" (la construcción de un aparato productivo sólido, seguridad jurídica y confianza). Es un intento desesperado por forzar un nacimiento sin haber gestado nada. No se le puede pedir a la economía que dé un fruto de un amor inexistente.
Peor aún, como aquel que le pide peras al olmo, exigimos que un aparato productivo destruido nos entregue abundancia. Si no tenemos la estructura, si no tenemos el árbol correcto, no importa cuánto gritemos: el resultado será siempre estéril.
El Mito de la Cigüeña: La traición del liderazgo
Aquí reside mi crítica más profunda al liderazgo político. Un líder no está para aplaudir la desesperación, está para educar. Al no guiar a la sociedad hacia peticiones coherentes, el liderazgo actúa como quien le cuenta a un niño que los bebés los trae la cigüeña.
Nos venden la idea de la "cigüeña política", esa ilusión de que el bienestar caerá del cielo por presión social. Al no explicar que los frutos económicos vienen de la "biología" —del trabajo, de la inversión y del respeto a los ciclos productivos—, el liderazgo se vuelve cómplice de la infantilización de la sociedad. Nos mantienen atrapados en el círculo vicioso de la exigencia vacía.

Las Consecuencias: El aborto de nuestra propia prosperidad
¿Qué sucede cuando forzamos este nacimiento prematuro? La economía, como organismo vivo, colapsa ante la presión. Las consecuencias son devastadoras:
Inflación galopante: Intentar decretar sueldos sin valor productivo es solo gasolina para el fuego de los precios.
Cierres y desempleo: Ninguna empresa puede sostener costos artificiales; cuando la exigencia supera la capacidad del "olmo", el olmo muere.
Descapitalización: Perdemos competitividad y talento, dejando nuestro suelo económico baldío.
La Gestación y el Tiempo: La paciencia como virtud.
Incluso cuando se hace lo correcto, cuando finalmente decidimos "iniciar la relación" y comenzamos a establecer las condiciones para producir, hay un factor que no podemos saltarnos: el tiempo de maduración.
Si estamos en el camino correcto y ya se está gestando la simiente de la recuperación, la impaciencia es nuestra mayor enemiga. Si la sociedad, en un arranque de ansiedad, empieza a golpear el vientre de la economía porque "el hijo" no nace a la velocidad que ellos quieren, el resultado es inevitable: la pérdida de la simiente.
Un conflicto social irracional, alimentado por la falta de pedagogía política, provoca un "aborto económico". El estrés externo mata la gestación antes de que llegue a término.
Como sociedad, debemos madurar. Debemos pasar de "pedir" a "construir". No podemos seguir siendo padres que exigen hijos sin relación. Debemos exigirle al liderazgo que sea capaz de explicar la ciencia de nuestra realidad, que deje de vendernos cigüeñas y nos ayude a preparar el clima, la tierra y la paciencia necesaria para que, esta vez, el nacimiento sea real, sano y sostenible.
La economía, al igual que el arte, requiere de un escultor que sepa ver la forma en la piedra, pero también que sepa esperar a que el cincel haga su trabajo. Es hora de dejar de pedir lo imposible y empezar a gestar lo necesario.
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David Gilberto Iriarte,
Escultor de Letras