Ruta

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“Maicao suena cómo a maíz” – Pensó Vladimir.

Un crujir mecánico y golpeteos de ventanas vibrando dominaban auditivamente el interior de la Toyota Landcruiser FJ-40 color naranja. Dentro, cuatro hombres, el más joven contando alrededor de veintidos años de edad, quien cavilaba en el asiento de atrás, con suficiente estrés acumulado cómo para descargar una ronda al aire con la mini-uzi que portaba en el regazo.

La ruta se sentía larga. Salieron a velocidad del pueblo alrededor de las 10:00pm con destino a Bahía Honda, cargados de suficiente provisión cómo para rendir dos semanas en misión, cada uno con su respectivo refuerzo, en caso de situación imprevista.

“Sobrino, ya va a llegar el progreso, los cachacos declararon toda la zona de Barrancas pa’rriba cómo reserva especial. Dicen que ya el otro año vienen a medir” – Afirmó el tío Ñejo.

“Oiga sí, mi tío, a lo mejor se consigue pa’ trabajá en el pueblo, y no tené’ uno que andá’ acá estresao’ al borde del filo.”

“Dios quiera y así sea, sobrino.”

Alpargo, el conductor del vehículo, de ascendencia wayúu, no estaba ni pizca de interesado en la llamada esperanza que mencionaba el hombre de algunos cincuenta y tres años que ocupaba el asiento de acompañante a su lado. Lo suyo era rodar por las dunas. A los trece años – ese día ya con veinticinco – había agarrado el timón por primera vez, y desde entonces, su existencia cobraba sentido cuando llegaba a su destino, fuese al Norte extremo o conquistando cargamentos al Sur de la península.

Conversando en el camino, conscientes de la presencia tanto de Ley cómo de primitos – así le decían a los noveles paracos que rondaban la zona practicando el control territorial – decidieron que lo mejor sería no ingresar directamente a Maicao, centro comercial de gran flujo de mercancías y divisas para la época, sino que irían por el borde, dirigiéndose raudos con rumbo hacia Uribia, cortando camino y huyéndole (sin miedo) a cualquier encuentro indeseable a tan avanzada hora de la noche.

Avanzaron por la oscuridad del camino apoyados por las luces altas del campero, hasta un punto de la vía en que bajando por una sútil rampa de tierra se chapuceó el bólido anaranjado en un caño por dónde corrían aguas color ocre, en cantidades alarmantes.

“¡Ve! ¿y esto qué es?! – Gritó sorprendido Vladimir, separándose momentáneamente de su arma, dejada con cuidado sobre el asiento, para fijar la mirada en el riachuelo pérfido que se extendía largo por toda la línea del flujo que se perdía en la noche.

“éste es el río de mierda de los árabes, sobrino. Construyeron un acueducto aparte, distinto del que utiliza el resto de la gente del municipio y por acá corre el desagüe” – respondió el elevado tío, quién durante el trayecto venía fumando un cigarrillo bien taqueado de marihuana golden, gracias a lo cual no se notaba tan compungido por el potente vaho que emitía la materia desechada de las entrañas humanas.

“ombe! ¿cómo va a ser? O sea que ni la mierda quieren juntar con los indios, ¡mucha cagá’!

El paisano que escuchaba la interlocución – ahora sí con algo más de gracia e interés – atinó a idear una respuesta rápida ante el comentario, jocoso, pero cargado de estigma social, dirigiéndose en tono burlón al joven:

“Bueno Vlacho, yo voy ‘tentar sacar el carro de acá. Si se atolla te bajas a empujar, no nos vayan a emboscar en éste mierdero”.

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Carlos MurgasCarrillo
Carlos MurgasCarrillo

Escritor de provincia en el mundo global. Vivo porque me resulta imperioso vivir.


El Perfil Bajo
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El Perfil Bajo es un espacio en donde público mi opinión, alguna poesía, canciones e historias cortas. Además, hago recomendaciones random sobre música y otras cosas que me han parecido compartibles.

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